Escucho, ¿Luego existo?

Hagamos el ejercicio durante pocos segundos: apagar la música, quitarnos los audífonos, o apagar el televisor. Lo que sea que estemos haciendo, suspendamos y, sobre todo, suspendamos las distracciones auditivas. Dejemos que el paisaje sonoro nos informe del acontecer: día o noche, agitación o calma, campo o ciudad… Todo, todo, tiene información que viaja por el aire, en forma de sonido que, ya en nuestra percepción, se convierte en audio.

Por eso, la música tiene ese efecto tan potente sobre nosotros. Y las palabras.
Cuántas veces no hemos pasado malas horas a razón de lo que alguien nos dijo.

Lo que entra por los oídos puede ser muy influyente en nuestras vidas. Si lo permitimos, claro. Porque hemos aprendido a bloquear toda la información que intenta alcanzarnos. Como cada vez es más en cantidad y agresividad, nuestro cerebro hace la tarea de filtrar, dejar del otro lado lo que podría ser simple basura.

Pero a menudo se nos quedan palabras que podrían ayudarnos. Contrario a esto, la improvisación propone escuchar, no sólo en el canal auditivo, sino escuchar con el cuerpo. ¿Escuchar con el cuerpo? Sí: permitir que los gestos, titubeos, pasos, señales y demás información que nos entrega el cuerpo del compañero de escena (o quienes se encuentren en nuestro entorno inmediato) haga parte de nosotros.

Escuchar no es sólo quedar en silencio mientras el otro termina de hablar, para luego decir nosotros lo que de todas maneras íbamos a decir. Quienes defienden la conversación como arte, hablan del diálogo ideal: se trata de esa charla que, al terminarse, no te deja igual. Al sentarnos fuimos unos, y al levantarnos, fuimos otros. Las verdaderas conversaciones, transforman.

Si permitimos al cuerpo entero escuchar, dejarse contagiar de la propuesta del otro, pronto entenderemos que la escucha no es útil sólo en escena sino en todos los escenarios de la vida. Sobre todo para aprender a escuchar lo que el otro mantuvo en silencio (porque no quiso decirlo o porque le costaba mucho mencionarlo…), lo que dijo sin decir, lo que insinuó o lo que ocultó mientras enfatizaba otros asuntos.

Todas esas sutilezas se captan cuando aceptamos el reto que nos trae hoy la impro: dejarnos ir tras los estímulos, las palabras del otro. Algo divertido habrá.