Improcrastinar, ese verbo

Es de lamentar que en el sistema educativo los exámenes nos dejaran esta peligrosa enseñanza: que en el mundo sólo hay una respuesta válida (la del profe, claro). Porque ya habremos tenido ocasión de comprobar precisamente lo contrario: que personas y empresas han hecho, de toda la vida, cosas que en los manuales está prohibido, pero que les han funcionado. A las empresas y personas, claro, no a los manuales. 

Echar una ojeada a cualquier libro o película que cuenten historias de unas décadas atrás, sirve para verificar que, en efecto, había como unos procedimientos de los que todos echábamos mano para resolver nuestros asuntos. Y parece ser que funcionaba. Tanto, que en unos lugares, que para resumir la historia llamaremos universidades, se especializaron en enseñar todos los “cómo” que alguien necesitaría para ser profesional. Quienes fuimos a la universidad alguna vez agradecimos ese conjunto de certezas. Y quienes tengamos más de 30 podemos contar la historia de que, en efecto, alguna cosa que allí aprendimos sí que nos sirvió. 

Pero no todo. 

Ocurrió que la vida siguió su camino, y que a medida que nuestras respuestas (profesionales, personales y empresariales) se quedan en un reducido conjunto de recetas, las preguntas, los contextos, y las situaciones aumentan. Más incluso: aumentan los problemas. 

Si existen Wikipedia y Yahoo preguntas (que no lo acutalizaron nunca más pero aún tiene alguna utilidad) es porque la velocidad no da tiempo a recoger las respuestas a cada pregunta, ordenarlas en los libros y preparar a personas para que se las enseñen a las nuevas generaciones. Para acotar términos, llamémoslo incertidumbre. 

Y, claro, alguien formado en ese mundo del que hablan los libros y las películas con historias de varias décadas atrás, sentimos algo de pánico con eso de “incertidumbre”. Suena a algo que está mal. Pero como no nos corresponde juzgar si está bien o mal, sino decir que así se llama, es hora de abrazar la incertidumbre. Y hacerse amigo de los problemas. 

Una consulta al diccionario nos dejará saber que si existe definición para “improvisar”, la definición de “procrastinar” es más reciente. De forma que desaconsejamos buscar una definición para “improcrastinar”. Porque ese neologismo nos lo inventamos en El Morenito INC. 

¿A qué se refiere? A una invitación a tomar todos los manuales, diccionarios, enciclopedias y títulos universitarios y hacer una suerte de coctel gigante para transitar la incertidumbre de estos tiempos. Ya te habrá sucedido que para un proyecto, un trabajo o una propuesta nueva, empleas con el mismo nivel de eficiencia una cita leída en algún meme, una frase de una película y el gesto de un personaje favorito de alguna serie. Es probable que con ese mix hayas salvado una propuesta que se iba de las manos, una solución que escapaba a tu visión o una idea que ya dabas por fracasada. 

Aún no diremos qué es improcrastinar. Eso será en la próxima entrega. De momento, podemos abonar terreno con estas premisas:
1. Cada vez hay menos quiénes sepan cómo es que hay que hacer las cosas. 2. Para saber cómo se hacen, cada vez menos sirven las viejas recetas de cómo se hacían.
3. Todo esto demuestra que, de vez en cuando, sirve “dejar para después” (procrastinar) y transitar lo incierto con un puñado de convicciones que nos ayudan a prepararnos para no estar preparados (improvisación). 

Si te suena tentador, puedes adelantar con El libro de la Procrastinación, y con esto sobre cómo hacer las cosas bien aunque no hubiéramos tenido cinco años para prepararlas.

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